MICROENSAYO

  • Richard Ross. Basement storage racks, Paul Getty Museum, 2000.
  • Arte momentáneo: la educación de la mirada

El mundo es un gran Museo de Arte Momentáneo. Nuestro entorno, lo que vemos diariamente pero que no miramos, está ahí esperando ser atrapado por el objetivo de una cámara, por el ojo de cualquier artista, para ser plasmado en un lienzo, para ser convertido en una escultura, para ser el objeto de una instalación o una performance, y, en última instancia, para detonar una idea que luego se puede convertir en un concepto artístico, pero ¿está el ciudadano medio preparado para disfrutar de este inmenso Museo de Arte Momentáneo? La respuesta es no: en las escuelas y en los institutos se enseña la historia del arte, pero no se educa la mirada, la sensibilidad.

Si empezamos por considerar nuestro entorno cotidiano como un gran Museo de Arte Momentáneo, pronto podremos tener microexperiencias estéticas sólo mirando fugazmente el fragmento de una pared llena de grafitis, descubriendo en una puerta de hierro oxidada, o mal pintada, figuras abstractas que nos atraen, viendo en los papeles desgastados de un panel de publicidad composiciones poéticas, extasiándonos ante las ruinas de una fábrica abandonada, filmando con los ojos una milésima de segundo de una película en la que aparece un rostro reflejado en el faro de un coche que atraviesa una calle, observando la belleza que puede haber en un trozo de plástico desgarrado que vuela arrastrado por el viento…

De tanto mirar y vivir el arte uno llega a la conclusión de que éste está en todas partes y en todas las cosas, que es cuestión de mirar con atención. Pero para llegar a ese punto en el que uno puede disfrutar viendo lo artístico que hay en nuestro entorno, es necesaria educar la mirada. Esa educación de la mirada se puede conseguir visitando muchos museos y galerías de arte, hojeando muchas revistas especializadas en arte contemporáneo, pero, sobre todo, la educación de la mirada se debería realizar en todo el proceso de nuestra educación: desde la escuela primaria hasta el final de los estudios superiores antes de entrar en la universidad.

Sucede que en España está ocurriendo todo lo contrario: se está sacando del sistema educativo obligatorio todo lo que tenga que ver con el arte, la filosofía y la música. Inclusive si un/una estudiante decidiera optar por estudiar en el Bachillerato Historia del Arte, con sólo echarle un vistazo al libro de texto bostezaría profundamente. No quiero decir con esto que estudiar la Historia del Arte no sea relevante, sí lo es, sino que cuando llegamos al final del programa nos encontramos con lo siguiente en lo que los libros llaman “la edad contemporánea”: “Impresionismo y postimpresionismo; la pintura en la primera mitad del siglo XX”. Algunos libros de texto son más atrevidos y bajo el título de “Las artes plásticas y su evolución” nos encontramos con este guión: “fauvismo, expresionismo, cubismo y surrealismo; las vanguardias históricas en España; la abstracción y sus variantes; de la nueva figuración al hiperrealismo”. Nada sobre fotografía, cine, arte conceptual, videoarte, instalaciones, performance, arte público, arte efímero o arte digital…

La enseñanza de la Historia del Arte en sin duda una materia imprescindible, pero más necesario es conseguir que escuelas e institutos hagan que sus alumnos tengan experiencias artísticas suficientemente potentes como para que aprendan a ver el mundo de una forma creativa. Lo cual no quiere decir que “todos somos artistas”, sino que como defendió Joseph Beuys, todos/as tenemos un potencial creativo que la educación se encarga de liquidar en lugar de potencializarlo. En “La (in)utilidad del arte contemporáneo”, Manuel Borja-Villel, decía: “La disyuntiva ya no consiste en saber si una cosa es arte, sino en dilucidar qué aspectos de nuestro entorno no lo son”.

Para que una obra sea una obra de arte tenemos que asumir, como espectadores, que detrás de la obra hay alguna intención: la de decorar un espacio, la de contar una historia, la de remover nuestra conciencia, la de hacernos reflexionar sobre qué es el arte o para qué sirve el arte, etc. El Arte Momentáneo no es intencional, somos nosotros como espectadores activos los que debemos preguntarnos: “¿Por qué esto que estoy viendo y disfrutando estéticamente no es arte y lo que se muestra en un museo o en una galería si lo es?” Si conseguimos que un buen número de ciudadanos y ciudadanas se haga esta pregunta, lo más posible es que terminen por ir a museos y galerías para, como mínimo, aprender a distinguir entre lo que es Arte Intencional, el profesional, y Arte Momentáneo, el que una mirada sensible puede descubrir en cualquier lugar.