MICROENSAYO

  • Richard Long.

Me acaba de suceder de nuevo. Y es que tras más de veinte años sin comer carne no dejo de sorprenderme cuando continúa repitiéndose el mismo episodio: pido un sándwich vegetal y me lo traen con una loncha de jamón york. Cuando pido una explicación al camarero ésta tiende a ser: tiene lechuga y tomate… Esto que parece una obviedad continúa siendo un leit motiv en mi vida y la parábola del jamón se vuelve extrapolable a otros capítulos de confusión a los que me enfrento casi a diario.

Uno de ellos tiene lugar cuando hablo de mi interés por la relación entre el arte, la ecología y la sostenibilidad y menciono la palabra Eco-estética o Eco-estéticas. Porque seguimos confundiendo las cosas, ya sea con el sándwich o con el maldito urinario, y no me canso de leer como si fueran sinónimos land art y arte ecológico así como nos creemos que el arte en un entorno natural ya es arte ecológico. Nada más lejos de la realidad, como ya nos demuestran los proyectos afortunadamente aún no realizados “Over the River” de Christo y Jean Claude o “Tindaya” de Eduardo Chillida, entre muchos otros.

Que hace más de cuarenta años hubiera confusión lo comprendo, como cuando John Gibson inaugura en 1969 en su galería neoyorkina una colectiva titulada Ecological Art, donde brillaban por su ausencia algunos de los grandes pioneros y la mayor parte de los que estaban incluso renegaban de cualquier postulado ecológico. Pero ya han pasado más de cuatro décadas y es bastante triste comprobar que aún hay gente que no sabe distinguir el contenedor para el plástico, el papel o el vidrio.

Y nunca está de más recordar que ecología viene del griego oikos, casa. La ciencia del cuidado de nuestra casa, de nuestro hogar. Y que no es la tierra la que pertenece al hombre, sino el hombre a la tierra. Por lo tanto, es un tema que nos atañe a todos, aunque este asunto no parece muy asimilado en el ecosistema del arte. En realidad el término Ecoaesthetics no se utiliza particularmente en español, supongo que tanto por la confusión y falta de precisión que conlleva como por lo poco desarrollado que lamentablemente está el tema en nuestro país. Como viene siendo habitual es en el ámbito anglosajón donde más encontramos la mayor parte de las investigaciones de las artes en su interacción con la ecología, aunque en el estado español hay varios profesionales del medio que merecerían más atención como Tonia Raquejo, Jose Maria Parreño, José Albelda, Maria Novo, Carmen Marín Ruiz o Carmen Velayos, entre otros.

En el terreno que nos compete y tomando literalmente la traducción del vocablo, lo que vendría a ser la Ecoestética o Ecoestéticas — que algunos creen que va de exfoliaciones faciales o mascarillas purificantes con cosmética ecológica — nos habla ante todo de interdisciplinariedad e interseccionalidad, como la ecología misma. Y es que a ver si nos enteramos de una vez de que todo está relacionado. Ya nos hablaba de ello Felix Guattari en “Las tres ecologías”. En su teoría el medio ambiente, la sociedad y la subjetividad son tres ámbitos indisolublemente conectados. Con su ensayo el filósofo francés nos impulsaba hacia un modo más universal para entender lo colectivo en un momento — ya por aquel entonces —de emergencia ambiental. Apoyado por las ideas de Gregory Bateson, Guattari defendía que la ecología no implica solamente un interés en el medio ambiente sino un modo de ver el mundo como una compleja red de sistemas balanceados y sobre la necesidad de comprender sus modos de interacción.

Aplicado al arte, se torna necesario ese enfoque transversal para comprender el paisaje ecológico, social y político como un mismo ecosistema donde todo está esencialmente conectado y donde la sostenibilidad juega un papel fundamental. Esta última también como una respuesta crítica y de resistencia a ese concepto humanístico caduco, aún dominante, que deja de lado la ineludible interdependencia de la naturaleza dentro de un mismo “todo”. Las Eco-aesthetics surgen así como una crítica a esa mentalidad ilustrada y demuestran cómo ésta y el consecuente desarrollo del capitalismo han sido los principales desencadenantes de la crisis ecológica global, incluyendo en ésta sus dimensiones políticas, sociales, los problemas económicos y demás consecuencias que nos han llevado al borde de la catástrofe.

A mi me gusta especialmente el enfoque que sobre el tema propone Malcolm Miles, un encuadre radical inter-disciplinario que aúna las artes, humanidades, la ecología política y otros ámbitos con el fin de explorar de qué modo deberíamos aproximarnos a las ideas estéticas en el S. XXI y cómo las prácticas artísticas pueden contribuir al desarrollo de un mundo sostenible. No tenemos aquí tiempo para hablar de nociones que serían pertinentes como la eco-crítica, la Deep ecology, la ecosofía, o la relación de la ecología con los estudios poscoloniales, con la ecología política y social, el marxismo, el anarquismo o el feminismo, todas ellas merecedoras de capítulos a parte, especialmente esta última ya que gracias al ecofeminismo se han puesto sobre la mesa planteamientos y posibles soluciones a algunas de las problemáticas ecológicas más acuciantes.

El caso es que aún está pendiente una profunda reflexión sobre lo “ecológico” y su relación en el marco del arte, tanto en la teoría como en la práctica y tenemos por delante mucho camino por recorrer. Pero por favor, que les quede claro que la relación del arte con la ecología va mucho más allá que hacer exposiciones de paisajes y plantas y que un sándwich que lleva jamón, por mucha lechuga que le pongan sigue sin ser un sándwich vegetal.