Los organizadores de la próxima bienal proponen comenzar a pensarla como
una travesía, una que va desde Sao Paulo hasta el resto del mundo. La ruta
propuesta recorre caminos ya transitados -pero también callejones y cul de
sacs en los que entretenerse- y sigue tres direcciones distintas. La
primera se sumerge en la historia de la propia Bienal de Sao Paulo;
la segunda se dirige hacia Brasil y su panorama artístico, cultural y
político; mientras que la última recorre el resto del mundo. El punto de
encuentro serán una serie de “open meetings” por distintas
ciudades, en los que colaborarán tanto instituciones como agentes locales,
para lograr atender a las particularidades de cada contexto. Esta forma de
trabajo dialogado y colectivo ha marcado toda la orientación de la bienal.
Se trata de una metodología que, tal y como afirman los organizadores, se
ajusta mejor a la “precariedad contemporánea”.
La bienal se podrá
recorrer siguiendo varios itinerarios que giran alrededor de una serie de
ideas comunes. Una de ellas es la condición de lo “trans”, aquello que
representa transgresión, translación, tránsito… Es decir, lo que cruza la
frontera y posibilita un cambio de estado. Otro de los cruces de caminos
es el propio pabellón de la bienal y el análisis de su arquitectura. La
investigación de sus usos pasados ha servido para repensar el montaje de
la exposición, tratando de enfatizar la importancia del acto corporal de
estar presente -somáticamente- en el evento. La educación también jugará
un papel fundamental, y para ello los organizadores han propuesto la
confección de una extensa red de colegios, comunidades, organizaciones
locales, comisarios y artistas para repensar la historia de la educación
en Brasil y el potencial de las propuestas más experimentales a día de
hoy. Por último, toda la bienal pretende enfocarse, paradójicamente, hacia
lo que no se ve, hacia las cosas que no existen. El arte se presenta como
un buen lugar para hablar de ellas, aprenderlas y vivirlas. Propuestas que
buscan articular otras posibilidades de vida, así como recuperar aquellas
que son invisibilizadas por las ideologías dominantes.
Entre los
artistas participantes cabe destacar al chileno Juan Downey, un “viajero
épico del arte” que a partir de su trabajo con comunidades indígenas se
cuestiona los códigos que (re)presentan a las personas, a Romy Pocztaruk y
Armando Queirozcon con su trabajo sobre territorios olvidados e indígenas
invisibles, al español Val del Omar junto con Asger Jorn, Edward Krasinski
y Sheela Gowda, quienes traen a la vida esculturas y arquitecturas y
propician experiencias que trascienden nuestra percepción habitual. Los
trabajos de Walid Raad, Basel Abbas, Teresa Lanceta o Bruno Pacheco
también se enmarcan dentro de ese deseo de articular las formas que
desaparecen y aquello que queda excluido. Por su parte, Virginia de
Medeiros, Yael Bartana, Yochai Avrahami y Ines Doujak parten de la
capacidad de transgresión del arte y su potencial subversivo y político.
Otros artistas presentan proyectos que repasan los episodios de educación
radical y las conexiones entre conflicto y colectividad. Dentro de esta
línea de trabajo, el español Pedro G. Romero analiza la Escuela Moderna y
sus consecuencias estéticas y políticas, Graziela Kunsch y Lilian Kelian
se centran en los sistemas de educación en Brasil, mientras que otros como
Juan Pérez Agirregoikoa o Etcétera… toman el teatro como una herramienta
de intervención social colectiva.

Imagen: Juan Downey.
Detalle de WAYU, 1977.