El pasado 16 de octubre, el Museo Guggenheim de Bilbao inauguraba el cuarto proyecto del concurso “Muro Guggenheim Bilbao”, una iniciativa destinada “a integrar a la comunidad artística más joven del País Vasco”, con motivo del XV aniversario de la franquicia americana en Bilbao, y que hasta ahora había mostrado el trabajo de Eduardo Hurtado, Álvaro Gil y Zuhar Iruretagoiena.
En esta ocasión, el seleccionado para mostrar algunos de sus trabajos más recientes ha sido Alain Urrutia (Bilbao, 1981), sin lugar a dudas uno de los pintores más sutiles y perspicaces de esa generación de la que muchos se empeñan en seguir hablando en tiempo futuro mientras otros, por fortuna cada vez más, la consideran una realidad que evidencia cierto relevo generacional desde actitudes que no plantean una ruptura, sino una coherencia lógica y discursiva con posicionamientos anteriores, tanto de fuera como de dentro de nuestras fronteras.

En el caso concreto de Urrutia, esta “realidad” ya se hizo evidente en su primera muestra individual realizada en Madrid en la Galería Casado Santapau, clausurada hace tan sólo unos días. En aquella exposición, el creador vasco ya demostró su fuerte personalidad planteado una arriesgada muestra en la tomaba como motivo de partida los fondos pictóricos de la obra de Caspar David Friedrich para proponer una reflexión en la que sus enigmáticas imágenes, siempre en blanco y negro y basadas en objetos y situaciones cotidianas, jugaban irónicamente con el espacio de la galería y con un dispositivo/mobiliario (Sabine, 2012) que hacía las veces de telón/interferencia/espejo.

En esta ocasión, y dadas las rigurosas restricciones impuestas por la convocatoria del Museo Guggenheim (exponer sobre un muro de 20,6 x 5,9 metros situado en la sala 103B del Museo), Urrutia ha desplegado ante el espectador una serie de diversos dibujos realizados en carboncillo sobre papel en la que, nuevamente, la segmentación de las escenas, unida a la arbitrariedad en la disposición de las piezas, acaba por dibujar ante el espectador una cartografía de sus obsesiones creativas, ante las cuales, el espectador debe escoger su propio camino para poder orientarse. O perderse definitivamente, si así lo desea. Tras el proyecto de Urrutia, el ciclo se completará con la exposición de Irantzu Sanzo/Cristian Villavicencio.

Imagen: Vista de la propuesta de Alain Urrutia en el Guggenheim.