OPINIÓN

Coinciden o parece que coinciden las bienales de Venecia, Lyon y Estambul. Además de cientos de exposiciones en todo el mundo, no sólo en las infinitas galerías que intentan trabajar en cualquier parte, sino también en los grandes museos –MoMA, Tate, Pompidou, Reina Sofía,–, y en los museos de todas las ciudades del mundo, cada vez más: Buenos Aires, México, Río de Janeiro, y dentro de poco Lima y Bogotá. Bien, eso sin duda es algo positivo, la cultura, al parecer, se expande; en cada vez más sitios se pueden ver grandes y pequeñas exposiciones, lástima que casi siempre sean las mismas o parecidas. Pero lo curioso es que todos los eventos, y muy especialmente las bienales y las ferias, se basan en una internacionalidad apabullante, olvidando lo local, el arte del lugar. Antes de la crisis, un crítico, un especialista que se preciase, viajaba a prácticamente todas las bienales de su entorno que se celebrasen, si era europeo a la de Venecia, a Berlín, Lyon, sin duda, y con un poco de suerte a la de São Paulo, y a las grandes capitales del arte al menos un par o tres de veces, sin contar las ferias: París, Basilea, Madrid, Miami… Y ya en plan duro, Buenos Aires, México… Pero ahora las cosas han cambiado radicalmente. A las ferias ya sólo se va si se participa en ellas, y no siempre. Si antes los artistas viajaban con sus galeristas a las ferias en las que participaban, hoy viaja el galerista en solitario. Y los críticos raras veces aparecen ya, a no ser que los grandes medios les paguen gastos. Es decir, que ahora todas esas bienales internacionales, todas esas ferias tan poliglotas, llenas de artistas de otros países, se hacen prácticamente para el público local. Para el espectador local, para los especialistas locales. Sin embargo, cada vez se hacen más de espaldas a ese público local. El arte se empieza a parecer a un ensayo de laboratorio. Formulas genéricas en las que los ingredientes son los mismos aunque los nombres sean diferentes. La diferencia sin duda está en los consumidores. Este año que ya entra en su recta final ha sido lamentable en cuanto a los viajes internacionales del antes muy viajero sector artístico. Nunca estuvo la Bienal de Venecia o la feria de Basilea tan vacía de habituales turistas culturales, y los que siguen viajando se han hecho adictos al low cost, al hotel lejos del centro, al cocktail en lugar de la cena… En definitiva: estamos tocando fondo. Pero el espectáculo del arte parece que no se quiere enterar y sigue con sus carteles llenos de exóticos nombres, con planteamientos cada vez más lejanos de los intereses de un público que mira con curiosidad y que cada vez es más exiguo. No hay más que programar, como excepción, una gran exposición de Dalí, de Cruz Díaz, de algún gran nombre, de un tema con interés más allá de las listas de viajeros de las líneas aéreas internacionales, para darse cuenta de cómo el publico regresa a los museos. A las ferias se va como al circo, como al shopping center. Es sin duda un territorio diferente. Pero al Museo se va para ver, para conocer, para disfrutar. Y eso, créanme, es cada vez más difícil. El arte sigue siendo internacional, sin duda, pero deberían empezar a plantearse los gestores de los museos y los directores de las bienales, que ya no tienen un público internacional sino local. Los aeropuertos internacionales ya no son el punto de encuentro entre curadores, artistas y galeristas de todo el mundo. Ahora todos nos refugiamos en Internet, se viaja menos, se gasta menos, y vivimos en horas bajas, no sólo económicas sino de novedad e interés en los proyectos, acuciados por unas necesidades que se vuelven directrices y que nos tienen que hacer mirar nuevamente de otra manera hacia nuestro entorno inmediato. Lo internacional sólo se puede alimentar de lo local de cada país, de cada cultura, de cada escena particular, si no es así estaremos hablando de un experimento, de algo absolutamente artificial, sin denominación de origen, procedente de un no lugar, sea este un aeropuerto o una estación de autobuses, un shopping center o una feria de arte en un país remoto. Desengañémonos, una feria en Shanghái, en Nueva Delhi o en Bombay, hoy por hoy, es para los nuevos y viejos ricos allí asentados, y para unas pocas galerías fuertes con sus peculiares compradores transoceánicos; una bienal en Antofagasta es difícil que la vean los curadores europeos o norteamericanos; una bienal en Estambul queda igualmente lejos de Brasil o de México que de Portugal o España… Claro que ya ni Portugal ni España, ni Italia, ni Francia, ni Holanda interesan, pues ya no compran, ni venden, ni producen; ahora nuestros aeropuertos se llenan de latinoamericanos con posibilidades y de asiáticos despistados. Es el fin del Grand Tour, el ocaso del aeropuerto internacional. La recapitulación del arte global. Imagen: Peter Fischli & David Weiss; Tokio (Airports 1988-1997).