Era pintor desde los 15 años y, sin embargo, su marcha ha pasado casi desapercibida. La vida tiene a veces estas tristes paradojas que hacen que Antoni Pitxot, que moría el pasado día 12, se fuera casi sin reconocerse su verdadera labor. Artista afincado de forma permanente en Cadaqués en 1966, su interés por el surrealismo le llevó a crear un imaginario muy personal, a base de figuras antropomorfas inspiradas en piedras similares a que crecían la costa cercana a su casa. Trabajó la escultura con piedras y sobre tela, y gran parte de su trabajo versaba sobre la alegoría y el mito. Inseparable amigo de Dalí en los últimos años de vida de Salvador, fue el impulsor del Teatro-Museo Dalí y más tarde director de la Fundación Gala-Salvador Dalí; la amistad y confianza de Dalí sobre Pitxot le llevó a encargarle que conservara su legado. Pitxot era nombrado en 2000 académico de la Real Academia de Bellas Artes de Sant Jordi; y en 2003 se le concedía la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. El pasado viernes se despedía con 81 años, siendo la única vez que abandonaba Cadaqués, su ciudad de vida y trabajo, para ya no volver.