OPINIÓN

Solamente los que vivimos dentro de España y nos dedicamos al selvático mundo de la cultura sabemos el desguace que se está haciendo de la estructura cultural española. Al margen de ideologías el desmantelamiento de museos, centros, instituciones de todo tipo, justificado oficialmente por una crisis tan artificial como irresoluble, esconde realmente una especie de venganza contra todo lo que se ha logrado, como si alguien quisiera volver a sumirnos en la oscuridad en la que hemos estado tantos años. Es cierto que sin dinero no se pueden hacer muchas cosas, pero siempre se puede hacer algo como vienen demostrando desde siempre nuestros centros culturales diseminados por toda la América hispanoparlante. Bibliotecas humildes pero a veces las únicas posibles en esas ciudades, cine, conciertos, lo impensable en épocas de dolor y ruina en tantos países. Sin dinero apenas. Los Centros de Cultura de España han sido una luz en medio de los paisajes de dictaduras, guerras, abandono y miseria que han vivido los países latinos, esos a los que siempre hemos llamado hermanos. Una buena prueba de ello ha sido la larga y fructífera vida de, por poner un ejemplo muy significativo, el Centro Cultural de España en Buenos Aires. Un local mínimo en el arranque de una calle comercial donde se baila tangos y te puedes comprar cualquier cosa… desde ese semisótano que puede parecer cualquier cosa menos un centro cultural se han generado actividades, discursos, movimientos, vida y cultura y con muy poco dinero pero con el esfuerzo y la imaginación de su escaso personal y con la iniciativa de unos directores modélicos que han revolucionado la vida cultural en momentos tristes y difíciles, cuando no había posibilidad de hacer nada en una ciudad devastada por una dictadura feroz. Y lo mismo he visto personalmente que sucedía en Lima, en Santiago de Chile, en Uruguay, en México, por supuesto en Cuba… en toda la América hispana la existencia de nuestros centros culturales, con la presencia de unos directores que parecían más unos misioneros entregados en cuerpo y alma al trabajo, eran la auténtica presencia de España, de la España cercana, amiga, inteligente y siempre presente, interesada por lo que sucedía y al mismo tiempo llevando hasta el rincón más recóndito a nuestros escritores, artistas, músicos, cineastas. Ciclos de cine español que sin duda han ayudado a desarrollar el cine de países sin tradición, artistas de todo tipo, famosos y desconocidos han viajado, trabajado, convivido y difundido la mejor “marca España”, la cultura. Pues, amigos, todo esto se ha acabado. Si ya hace años los recortes han terminado con aquello que se venía llamando “cooperación” (y que hoy parece que sólo ha servido para que el marido de la señora Consuelo Ciscar se haya hecho aún más rico robando todo lo que podía), ha llegado el momento de dar la puntilla final. Y la manera más sutil ha sido no cerrando estos centros culturales (algunos de ellos en expansión brutal como el de México y el de Buenos Aires) sino “trasladando” a sus directores a otros destinos y no poniendo a nadie en su lugar, dejándolo todo ( y ese TODO es inabarcable en este texto) en manos de los agregados culturales, esos señores conocidos mundialmente por no saber nada, no hacer nada más que vivir como marajás y no estar nunca al lado de la cultura ni de los artistas de ningún tipo. Esos diplomáticos que no sabemos ni de dónde vienen ni a qué vienen serán los que terminen con la presencia española en la única parte del mundo en la que aún éramos conocidos y deseados. Mientras Francia, Inglaterra, Alemania o Estados Unidos refuerzan los lazos culturales con sus aliados y excolonias, evitando perder toda su antigua presencia e influencia, nosotros cortamos, anulamos, humillamos a nuestra propia cultura, a nosotros mismos. Desde aquí sólo me queda expresar la vergüenza que, todos los que hemos conocido el funcionamiento de estos centros, sentimos hoy por el desguace de la cultura española no ya dentro sino fuera de nuestras fronteras. Y mi agradecimiento y humilde homenaje a esos directores (Lidia Blanco, Ana Tomé, Ricardo Ramón, y a todos los que no puedo recordar sus nombres pero si sus actos, a los que se fueron antes del hundimiento y a los que acaban de llegar…) y sin embargo amigos cuyo esfuerzo ha hecho que, a pesar de todo, nos quieran en tantos sitios. Hasta ahora, porque a partir de estos miserables momentos España desaparecerá también de los países que hablan aún nuestro mismo idioma. Adiós, España, adiós.