“Todavía no sé lo que significa el arte pop, para ser sincero”, escribía James Rosenquist en su autobiografía Painting Below Zero: Notes on a Life in Art publicada en 2009; en la misma también aseguraba que tras medio siglo siendo descrito con el concepto de pop art se había resignado a él. Y así es, James Rosenquist fue, junto a Andy Warhol y Roy Lichtenstein, pionero del pop art aunque, quizás, es también el menos célebre. Ahora, Rosenquist deja un legado artístico con su fallecimiento a los 83 años el pasado 31 de marzo en Nueva York. Resulta curioso el dato de los años en que murieron sus coetáneos: Andy Warhol en 1987, Lichtenstein en 1997 y, en 2017, Rosenquist. Detrás de sí deja cuadros monumentales como F-111 (1964) expuesto en el MoMa de Nueva York y que con una longitud de 25 metros lanza un mensaje político antimilitarista a través de un collage con un bombardero durante la Guerra de Vietnam, una niña bajo un secador de pelo, espaguetis y una bomba atómica; o como Be Beautiful que en 2014 batió el récord de venta del artista con 3,3 millones de dólares y cuya inspiración radica en la cartelería publicitaria.

F-111

Precisamente, Rosenquist inició su carrera pintando carteles publicitarios que le llevó a desarrollar un estilo gráfico que posteriormente trasladó a las bellas artes, puesto que por las noches se dedicaba a pintar sus obras hasta que en torno a 1960 comprendió que lo ideal sería fusionar ambas prácticas. Estos comienzos fueron los que le pusieron en contacto directo con la estética publicitaria, influencia clave en el pop art. El estadounidense fue el menos pop de su género aunque igualmente creaba composiciones con imágenes cortadas y fragmentadas pertenecientes a la cultura popular (coches, comida, actrices, actores…) a modo de crítica al consumismo. Rosenquist se interesaba más en la realización de cuadros misteriosos: “Nunca me preocuparon tanto los logos o las marcas o las estrellas de cine, como a Andy; y al contrario que Roy no estaba interesado en la simulación irónica de los medios pop (…) Nos unía una actitud irónica hacia las banalidades de la cultura del consumo estadounidense. Si acaso, deberían habernos llamado artistas antipop”, afirmaba en su autobiografía renegando, una vez más, de ese concepto del que nunca se terminó de sentir parte.