OPINIÓN

En estos tiempos en los que las apariencias son casi más importantes que la realidad, asistimos a situaciones en las que detrás de una imagen de victimismo, detrás de una apariencia de servicio público, de interés colectivo, se esconde una incapacidad notaria, un interés privado y una simple necesidad de vivir del trabajo de otros. Hemos vivido muchos ceses por cuestiones políticas para no darnos cuenta de que cuando se despide a alguien por incompetente o deshonesto, la situación es muy diferente. Igualmente somos capaces de notar la diferencia entre un cierre de un museo por motivos de testarudez y miopía política de otro que simplemente se cierra porque con el dinero público, la gestión debe ser pública.


Se cierra, de momento, Chillida-Leku. La que fue la “Casa de Chillida”, su taller, un lugar de indudable belleza que preservaba la memoria y la obra del gran escultor vasco. Pero las causas son simplemente económicas, al margen de las declaraciones de la familia Chillida, es decir los hijos, nietos, sobrinos y demás herederos que pretenden hacer de la memoria de Eduardo una mina de oro inagotable, sin detenerse a pensar que la memoria de su obra nos pertenece a todos, aunque las obras les pertenezcan solo a ellos. Veinte personas en plantilla para un centro que sin exposiciones temporales permanecía siempre igual, con sus espléndidas esculturas en el campo, que no se mueven ni trasladan y cuyo mantenimiento es mínimo. Veinte personas en plantilla para mantener una tienda, jardinería, limpieza y poco más. Un centro que es, ciertamente, una colección privada abierta al público. Un público que, por cierto, solo va una vez y que es prácticamente por completo, turistas accidentales, aficionados al arte o a la naturaleza que hacen un alto en el camino. Un público que ha descendido desde los 810.000 de la primera década hasta los 60.000 de los últimos años. Veinte personas en plantilla cuando otros centros con colección, exposiciones temporales y actividades de todo tipo apenas llegan a la decena de empleados.


La familia alega desinterés en general de los políticos y falta de entendimiento con el Gobierno Vasco, que según ellos no quieren apoyar económicamente el proyecto. Pero el Gobierno Vasco había ofrecido 80 millones de euros por la adquisición de los terrenos y las obras, en una primera oferta que ha sido totalmente desatendida por los Chillida que la han considerado poco menos que un insulto. Sin embargo les ha parecido perfecto acudir a la casa de subastas Sotheby’s con un conjunto de esculturas monumentales para venderlas al mejor postor. Naturalmente el Gobierno Vasco puede llegar a una mejor oferta, pero lo que ni puede ni debe hacer es pagarles por el apellido, pagar a esos veinte (¿cuántos de ellos se llaman Chillida?) empleados y no saber que hacen. El Gobierno Vasco, si paga, quiere encargarse de la gestión, quiere encargarse de que funcione y de que tenga actividad, algo que a la familia le parece, como no, otro insulto, una forma de cambiar la esencia de Chillida-Leku.


Siempre hemos sabido que las herencias rompen familias, hacen que los hermanos dejen de hablarse por una propiedad que puede no valer nada, pero en este caso parece que la herencia une a todos los herederos frente al Gobierno, pretendiendo vivir para siempre del trabajo del artista fallecido, con dinero público y sin control público. Tendríamos que saber cuánto quieren exactamente y por cuánto tiempo y a cambio de qué exactamente, y ya puestos, quisiéramos saber cuánto se le paga, se le está pagando y se le va a pagar a Carmen Cervera, viuda Thyssen, por mantener la colección Thyssen en Madrid. A fin de cuentas, el dinero lo ponemos nosotros. Todos nosotros. Porque el dinero siempre lo ponemos todos, aunque el gusto se lo dan solo unos pocos.

Vista de los jardines del Museo Chillida-Leku