Sergio Rubira

En 1956 Jackson Pollock estrellaba su coche contra un árbol cuando volvía bebido de una fiesta. Un accidente –o un suicidio– que sí fue, como algunos han dicho, su último dripping, aunque no su muerte. Parece que ésta había sucedido unos años antes, cuando Clement Greenberg, el todopoderoso crítico de ese movimiento artístico, el Expresionismo Abstracto, que nunca lo fue porque era una operación de la CIA, le dijo a Pollock que había perdido “eso”, la “cosa”, que le hizo afirmar que era el mejor artista de los Estados Unidos. Un “eso”, la “cosa”, que empezó a buscar en una nueva, o no tanto, generación de artistas a los que incluyó en una categoría diferente, la abstracción postpictórica, que tuvo uno de los primeros prefijos post- de la historia del arte. Un año después de inaugurarse la exposición que sirvió de carta de presentación a esta nueva tendencia, en 1965, se inventó la cámara portapak que permitió a Nam June Paik introducir el vídeo –y con él también facilitar el uso del movimiento– como una técnica artística más.

Es sobre esta coincidencia, la de la abstracción y el movimiento, una de las posibles, sobre la que se articula la exposición central del ciclo Abstracción postpictórica que ahora se puede ver en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Una muestra que pone en contexto, el de la abstracción y el movimiento como aportaciones fundamentales del arte del siglo XX, a obras de la colección del museo con otras invitadas. Y pone en contexto no sólo relacionando lo propio con lo ajeno, como ocurre con la escultura cónica de luz de Anthony McCall o las experimentaciones psicodélicas del colectivo USCO, que ayudan a entender algunas de las estrategias utilizadas por los españoles y las incluyen en un ámbito internacional, sino también lo propio con lo propio, como sucede con los azulejos que adornan algunas de las salas de La Cartuja y las progresiones geométricas del ejercicio de Gerardo Delgado sobre los patrones decorativos islámicos o los collages op-art de Paz Pérez Ramos.

Abstracción y movimiento se completa con cuatro individuales de artistas andaluces que trabajan de algún modo con alguno o ambos conceptos, desde la instalación de Paloma Gámez en la biblioteca que varía con los cambios de luz o sus obsesivas y meticulosas combinaciones de colores que dejan al descubierto los procesos, a la retrospectiva de José Piñar centrada en los métodos más que en el inventario de obra, pasando por los cuadros “a la colour field painting” del recuperado José Soto.

Un consejo: fíjense en los bordes, lo que se suele ignorar es siempre importante.
Imagen: Vista de la instalación de USCO, Centro Andaluz de Arte Contemporáneo.