Nuevamente la cita del mundo del arte es en Madrid, en Ifema, en ARCO. Llegamos a una nueva edición de una feria que tiene ya una larga historia y que ha atravesado por diversas crisis y por infinidad de críticas, algunas muy bien argumentadas y otras absolutamente absurdas. Pero parece algo inevitable a la realidad de cualquier feria, exclusión hecha de Basilea a la que todo el mundo parece respetar como algo casi sagrado, mientras que al resto de las ferias se les acusa absurdamente de ser “el mercado”, algo parecido al demonio. Pues sí, señoras y señores, artistas y galeristas, aficionados y no aficionados: la feria es la esencia del mercado. No hay que confundir, nunca, una feria con una exposición. Las bondades culturales de cualquier feria se concentran en la posibilidad de ver muchas obras de arte (o no) de infinidad de artistas (o no) que nunca podríamos ver de forma individualizada (algo que a lo mejor no es tan importante). A eso se ha intentado unir la idea estrambótica, que nace con ARCO y copian todas las demás ferias incluidas Art Basel, de organizar conferencias, mesas redondas y demás estrategias que atraigan a un público que no ve la feria, ya que los que trabajan en la feria nunca pueden gastar su tiempo en estos eventos que crecen de una forma antinatural en ese núcleo del mercado que es por definición una feria. A la feria van a mirar los que no pueden comprar, pero se olvidan que a mirar se va a los museos y las galerías, a las exposiciones. A la feria se va a comprar. No se va a comer ni a beber, no se va a presumir de cuerpo ni de vestuario, ni a ligar, se va a comprar, a vender, a negociar, a mercadear. Para ver arte no es el sitio adecuado, nada más que para los que vayan con sentido del humor, paciencia y sin prejuicios. Pocos, en definitiva.

Una de las mejores cosas que le han pasado a ARCO en sus últimas ediciones ha sido la incorporación de Carlos Urroz como director, consiguiendo que todos creyéramos que ARCO podía remontar las adversidades de la crisis, de la falta de mercado en España, incluso de la natural inclinación de intervenir por razones políticas, morales o vaya usted a saber cuáles otras, de la institución ferial en la selección de las galerías, castigando a las que se han extralimitados en la idea de libertad al cuarto de los ratones y negándoles el stand en la siguiente edición de una feria que se tambalea como King Kong antes de caer abatido por las fuerzas armadas combinadas. Sin embargo, incluso a pesar de la buena acción y mejores intenciones de su director, la feria es cada vez más débil y no acaba de recuperar ese papel que realmente nunca tuvo, aunque llegamos a creérnoslo durante unos años, de ser la tercera feria internacional de arte. El problema no es solamente de ARCO, el problema es más grande que eso. Se trata de que las épocas de cambio no son solamente épocas de crisis económica, se trata de que hay que cambiar el paradigma del mercado, no sólo en España. El desprestigio del arte actual tiene una extraña alianza con cada edición de una feria, denostada por una ignorancia masiva pero avalada por la falta tanto de mercado como de voces de prestigio que respondan a esos infundios, insultos y ridiculizaciones extremas que el sector sufre interminablemente. El que tengamos un IVA más alto que el porno o el fútbol es sólo una muestra de que realmente el arte no le importa nada más que a los que hacen, venden y exponen arte: a los que formamos el sector del arte. Un club cada vez peor avenido, por cierto.

La excesiva abundancia de ferias choca de frente con la escasa fuerza de un mercado cada vez más localizado. Y reconozcámoslo, no hemos conseguido ni con ARCO ni sin ARCO que exista un mercado, un coleccionismo real y fuerte en España. Ver a algunos de los autoproclamados “coleccionistas” españoles pasearse por ferias en otros países, donde nunca compran nada, donde apenas se comunican con otros coleccionistas porque apenas hablan idiomas, resulta triste pero es un buen espejo de la realidad. Si el arte es cada vez un valor más seguro de inversión y las subastas baten records cada año, la venta en ferias es absolutamente opaca, y tiene poco que ver con el país en que se celebra la feria, excepto en los países americanos, en Suiza. Y por supuesto en las ferias asiáticas, que mantienen un clientelismo local que expulsa a las galerías de otros países.

Este año en ARCO faltan muchas, demasiadas galerías de ciudades españolas, esas galerías que son esenciales para la visibilidad de los artistas españoles y que necesitan ir a ARCO pues es ahí donde hacen el porcentaje de ventas mayor en todo el año, con suerte. Negarles esa posibilidad es ahogarles, más y más, en unos mercados inexistentes de provincias. Y no todos pueden, quieren ni deben abrir sede en Madrid. Este año ARCO se ha gastado un millón doscientos mil euros en invitar a coleccionistas extranjeros (ya que en España no hemos conseguido crear un coleccionismo real lo importamos durante una semana) que vienen encantados y compran a artistas de otros países en galerías que rara vez son españolas, porque el arte español no les interesa. No les interesa porque no lo conocen, porque las políticas culturales españolas niegan su propio arte y a sus artistas desde el museo a la feria. Siempre se prima lo extranjero, a lo que se le llama equivocadamente “internacional”. No todo lo extranjero es internacional, hay mucho localismo y mucho provincianismo en todos los países del mundo, lo internacional es como esa capa de nata que queda arriba cuando hervimos la leche: poca y exquisita.

Colombia se presenta este año como el invitado de la feria, un país con fuerza y energía, como todo país que quiere salir de una historia negra, con la capacidad y la brillantez de los países latinoamericanos que están empezando a escribir sus mejores páginas. Pero también un país en el que todavía corre la sangre por unas pocas monedas, aunque el río Magdalena no baje ya lleno de cadáveres. Un país en el que no existe el mercado de arte contemporáneo, sino unos cuantos ricos y un puñado de galerías. Al margen, crece y florece el arte, los artistas, pero esa es siempre una historia anterior o posterior al mercado. ARCO vuelve a mirar hacia América Latina buscando recuperar un liderazgo que perdió según Miami Basel crecía y que definitivamente se extinguió con el auge de ferias en México, Brasil, Argentina, Perú y la misma Colombia. Una fragmentación nacional de un mercado que se quiere internacional, formado realmente por un club de ricos coleccionistas que acompañan a los compradores locales, llevándose lo mejor casi siempre, por unos días. La feria debe ser la guinda, la eclosión del mercado, no la única oportunidad de realizar ventas y contactos durante todo el año.

Es tiempo de repensar la idea de feria, porque si no eres Basilea o no estás realmente construyendo un coleccionismo propio, después de treinta años, algo está fallando, algo hay que repensar. Y sobre todo, a estas alturas del partido y viendo el desastre que nosotros solitos hemos organizado con la visibilidad y con el reconocimiento de nuestro arte, de nuestra cultura, creo que ha llegado el momento de repensar la acción de directores de museos, curadores, políticos y mercado en España.


Imagen: Cartel de ARCO en 1984.