ZONA CRÍTICA

  • A forest of Lines (2006), Pierre Huyghe
  • 32 Bienal de Sao Paulo: ¡Viva la incertidumbre!

El curador principal, Jochen Volz, se despacha en tres folios y medio del catálogo la teoría de su propuesta curatorial en la que cita exhaustivamente a Don Quijote, como ejemplo de personaje: “que, de aventura en aventura, se siente ofuscado por las concordancias y discordancias entre lo que él piensa y lo que el mundo realmente vive”, con este comienzo, muy oportuno con las celebraciones del Centenario Cervantino, el curador nos explica el proceso que le ha llevado a construir Incerteza Viva, un título muy acertado con lo que esta Bienal acaba resultando. Cita a varios autores, como fuente, entre ellos a Elizabeth Kolbert y su libro The Sixth Extinction y la posibilidad de un final apocalíptico para la humanidad y con esa base teórica se plantea un desarrollo curatorial con la creación de los Dias do estudio; estos consisten en: “experimento especifico, proponiendo y practicando otros formatos de escuchar, aprender y vivir juntos”. Así, él y su equipo, inician un periplo que les lleva a Santiago de Chile, para hablar de la “cosmogonía Rapa Nui”; a Tierra de Fuego para hablar de castores canadienses y sobre xenocronía (supongo que se referirá al término inventado por Frank Zappa, para explicar la superposición de dos piezas musicales que no tienen nada que ver la una con la otra y suenan a la vez) y el supercomputador Synco encargado por Salvador Allende; a Acra, en Gana, para ver en vivo “esa relación profunda y difícil entre la Costa occidental africana con el Brasil”; y así como en La vuelta al mundo en ochenta días y como si se tratara de un Phileas Fogg, pero en curador de arte contemporáneo, se recorre el Amazonas, el Mato Grosso, el río Xingú, etc. Estos viajes o “Dias do estudio… han promovido redes y afectos, que esperamos, extenderán la temporalidad de la Bienal”. Como resumen, Jochen Volz se plantea esta 32 Bienal: ”no como una exposición de arte post-apocalíptico sino como una investigación para encontrar el pensamiento cosmológico, la inteligencia ambiental y colectiva y la ecología sistémica y natural”. Sí eso es así, lamentablemente en esta 32 bienal no ha conseguido sus propósitos.

Más interesante es la propuesta del texto de otra de las comisarias “secundarias” de la Bienal, Julia Rebouzas. Ojalá la exposición se hubiera ceñido más a este marco teórico. Ella empieza por una catástrofe ecológica de grandes dimensiones que ocurrió en 2015 en Mariana, Minas Gerais, donde una presa de materiales contaminantes de una mina de hierro reventó y derramó sesenta millones de metros cúbicos de barro contaminante a la cuenca del río Doce, que desemboca en el Atlántico. Esta catástrofe mató por lo menos a 17 personas y dejó esta cuenca fluvial (antes un auténtico paraíso, en la que se encuentra, entre otros, el territorio de los indios Krenak) completamente inservible para la pesca, para la agricultura, para la cría de ganado, para la vida en sí. Este hubiera sido un gran punto de partida, si una selección de artistas internacionales hubiera dado cuenta con su obra, al mundo, de tan importante, absurda y evitable tragedia. Por supuesto, no como meros ilustradores de la tragedia sino como especiales intérpretes de una completamente errónea actuación política, social y ecológica, desarrollada por una contemporaneidad que prioriza la rentabilidad inmediata sobre las consecuencias catastróficas irreversibles. Si el viaje lo hubieran hecho los artistas en vez de los comisarios a lo mejor el resultado hubiera tenido otro interés. Las residencias artísticas concedidas a varios artistas de la bienal en diferentes lugares del mundo; como a la peruana Rita Ponce de León o a la chilena Pilar Quinteros, más concentradas en lo territorial y en lo problemático, hubieran dado una mayor profundidad conceptual a la Bienal y posiblemente una mayor coherencia artística. La literatura, el cine, la música, el arte en general nos demuestra que lo local se convierte más fácilmente en universal, en cambio lo pretendidamente global no pasa de la dispersión y de la superficialidad.

Xabier Salaberría

También como plantea Julia Rebouzas, la situación política en Brasil ameritaba que una Bienal, en otros tiempos tan atenta a la temática social y política inmediata, hubiera reaccionado de otra forma. Todos recordamos el boicot internacional a las Bienales de Sao Paulo en la época de la dictadura militar, sobre todo en la X bienal, llamada la Bienal del Boicot. Salvo la manifestación que se dio en la inauguración contra Temer y que recorrió todas las salas y corredores del gran edificio de Niemeyer, apoyada por todo el público presente, la Bienal no reflejó de ninguna manera en su concepción una protesta contra el más que probable peligro que corre la libertad del arte y la cultura en Brasil. Es difícil creerse la vigilancia artística de problemáticas lejanas, como el deshielo en la Antártida o la destrucción del ecosistema natural por la importación de castores canadienses en Tierra del Fuego, cuando los problemas más cercanos no obtienen ningún tipo de atención.

Con un teórico importante sobre arte y espiritualismo, como Lars Bang Larsen; con una artista educadora y con el alto conocimiento sobre narrativas que tiene Gabi Ngcobo; con una Sofia Olascoaga, especialista en las relaciones entre arte y educación y en acciones radicales colectivas, o la citada Julia Rebouzas, liderando los cuatro subtemas de la Bienal, (cosmología, educación, narrativa y ecología), que aunque difíciles de casar y también muy difíciles de mostrar, con el nivel de estos cuatro curadores se podría haber logrado una mayor coherencia a la hora de mostrar lo que el comisario principal pretendía que era ver como los seres humanos, con el posible peligro de extinción éramos o no capaces de aunarnos con la naturaleza para poder sobrevivir.
Casi todas las Bienales son fallidas. Mucha reiteración, obras que entran en el concepto general con calzador, otras que con mayor rigor curatorial podrían ser mejores, otras que no pueden mejorar de ninguna manera… Siempre una variada y heterogénea sucesión de lo más variado y de lo más común de la creación artística, procedentes de numerosos países y si son exóticos y poco habituales, mejor.

Pero siempre conviene darse una vuelta por Sao Paulo, encuentras amigos que no ves hace mucho tiempo, te haces otros, conversas, discutes y siempre encuentras algo interesante que ver. En esta edición, hay que destacar la rara tensión e inquietud que producen las pequeños lienzos de Francis Alys, equiparables a las diminutas escenas violentas en los grandes cuadros de naturaleza de Poussin; los increíbles vídeos de Rachel Rose, como A minute ago, donde parece establecer el juego de relaciones imposibles que Vila Matas hace en sus novelas pero en formato video; el divertidísimo y muy bien montado de Cecilia Bengolea y Jeremy Deller; la instalación de Hito Steyerl, que para mí es una artista que nunca decepciona.

Analogía I, Víctor Grippo

Analogía I, Víctor Grippo

Toda la bienal está recorrida por las banderas de Felipe Mujica, que de alguna manera son un constante homenaje a Volpi. En la inauguración también pudo verse alguna de las performances como la de Cristiano Lenhart, que propuso una recreación con tiras realizadas con grandes bolsas de basura negras del tradicional baile europeo de las cintas que se trenzan en un palo, utilizando las columnas del Pabellón de la Bienal. La instalación de Susan Jacobs que establece la relación formal entre especies diferentes. Ver de nuevo la instalación Analogía I de Victor Grippo, que ya se exhibió en la bienal de 1977, siempre es interesante para confirmar la existencia de la energía vegetal. La obra de Pierre Huyghe, siempre inquieta y que propone una relación con el mundo en la que ficción, humor e imitación están siempre presentes. La única presencia española es la de Xabier Salaberría, (hay que hacer algo con el arte español, hay que abrir un debate serio sobre su escasa presencia en estas manifestaciones, pese a la gran calidad de muchas de sus propuestas). Ah, y siempre que el tema de la bienal toca naturaleza, mucho, mucho, mucho, documental de la 2, eso sí, por lo menos con una excelente calidad de proyección.

Esta reseña solo ha pretendido seguir las pautas que propugna el propio curador Jochen Volz: “educación y la idea de valorizar otras formas de conocimiento, de permitir divergencias, está muy presente en esta discusión… “
Si la Bienal pretendía conectar con la vida, consiguiéndolo en unas obras y no tanto en otras, nada más cruzar el puente peatonal de la Avenida 23 de mayo, en el Museo de Arte Contemporáneo, te encuentras con una exposición de Alex Fleming, un artista en el que vida y obra conviven con toda naturalidad o también puedes ver la exposición sobre la Colección Helga de Alvear en la Pinacoteca, que es otro ejemplo magnifico de cómo vida y arte pueden ir juntas. Y si todavía esto no es suficiente, una de las mejores maneras de conectar con la vida, y en este caso vida muy real, es pasar a tomar unas copas y bailar en el Love Story, el mítico local del centro de Sao Paulo, que es tan alucinante como entrar en una película de Tarantino. Pasen y vean la 32 Bienal de Sao Paulo.