OPINIÓN

Hace una semana se hizo pública la noticia de que el gobierno español bajaba el IVA al sector de las artes plásticas del 21 % al 10%. La alegría se generalizó y rápidamente surgieron las ilusiones y el sueño de que esta bajada sería una ayuda a un sector que está prácticamente en bancarrota desde siempre. Pero la alegría dura poco en la casa del pobre. Inmediatamente se aclaró que esa bajada de 11 puntos en el IVA cultural solamente afectaría a los creadores, es decir al artista. Y el texto oficial especificaba que a los creadores plásticos, y a los artistas creadores de los ninots de las fallas; lo que era innecesario y sólo hizo que los artistas se sintieran ridiculizados, pero ya sabemos que este gobierno nuestro otra cosa no sabrá, pero meter la pata lo hace con auténtica habilidad. El resumen es que las galerías, anticuarios y todo el comercio artístico sigue con el 21 por ciento, y que los compradores tendrán que seguir pagando ese porcentaje de impuestos, o directamente comprar en negro que es lo que se viene haciendo siempre y cada vez más.

Pero esta noticia, tan mal planteada que ha parecido un coitus interruptus, ha servido para que aflore el 10% de mala leche que cada cual lleva guardado en un rinconcito de su personalidad. Rápidamente han surgido voces y opiniones que han demostrado que mejor que nos vaya mal, que del beneficio ajeno sólo sacamos envidia y frustración. El primero en opinar donde nadie le preguntaba ha sido un artista, el pintor y escritor (porque parece que escribe mas que pinta) Eduardo Arroyo, desde las páginas y desde la portada de El País, un periódico que parece suyo por las veces que ha salido en el y en el que nadie del sector tiene fácil acceso a escribir, pero en el que Arroyo difunde sus opiniones como si fuera su principal accionista y desde luego su artista de cabecera. Viene a decir Arroyo, tirando de conocimiento histórico, que todo todito lo perdimos con la guerra contra los franceses y que aquí ni hay mercado artístico ni hay nada de nada. No sabemos cómo define él a todos aquellos que han comprado sus obras, a precios claramente desorbitados (eso que se viene conociendo como “por encima de sus posibilidades”), sean particulares o institucionales. Él pone a parir a todos: a galeristas, artistas, coleccionistas, ferias y museos, pobres y ricos, altos y bajos, con ese desprecio característico del que todo lo sabe y nos lo explica en un acto de generosidad, dejando diáfano lo que ya muchos sabíamos: que su tiempo pasó hace tiempo, que puede escribir lo que quiera en El País o en El Mundo, que puede ir de invitado a todas las bodas de todos los hijos de Aznar y reunir en sus ya escasas inauguraciones a toda la esfera política, sea cual sea su falta de ideología, y con escasa presencia del sector (total, según él no existimos) pero que su época, si tuvo alguna, ya pasó, que su capacidad de presionar ya se agotó, y que su figura vestida de una forma improbable paseando por los pasillos de ARCO resulta patética y anacrónica, como anacrónico es su canto de desprecio hacia todo lo que ya no tiene ni controla. Adiós señor Arroyo.

Otra demostración innecesaria de la mala leche local la ha hecho ese actor, ya mayor y por lo tanto más apreciado, que se hizo famoso, en el recurrente papel del cine español de los 60, de novio en periodo militar de fámula (criada) de familia media. Sí, el señor José Sacristán se permite ironizar preguntando “¿Quién compra un cuadro en este país?” A lo que más de uno ha comentado (y cito textual del Facebook “Yo, gilipollas, yo compro cuadros”, pero ya sabemos que en Facebook se escribe sin respeto por nadie, no como en prensa que todo es cariño y atención) que cada uno en su modestia hace lo que puede aunque ahora las cosas pinten mal. El señor Sacristán parece molesto de que esta vez no sea el cine el beneficiado, una vez más. Nuevamente esa sensación de victimismo tan familiar, esa idea de que lo que no me dan a mi realmente me lo están quitando, de que yo me lo merezco más. Olvidan tanto el señor Arroyo como el señor Sacristán que cualquier mejora en el sector de la cultura nos beneficia a todos. Y José Sacristán parece olvidar muchas más cosas, como por ejemplo el sentido de la solidaridad que tanto ejercitamos con la gente del cine a pesar de los malos ratos que a veces nos hacen pasar cuando vamos a ver sus películas, olvidan también aquello que nos decían de pequeños “ calladito estás más guapo”, y se olvidan lamentablemente de que sus palabras siembran la discordia, la desunión y un debate innecesario. Insisto en que todo lo que beneficia a un artista beneficia al sector artístico, a todos, de alguna manera. Y de que todo lo que beneficia al arte, beneficia al cine, y a la literatura y a la música, que si nos alegramos del bien del vecino, del amigo, del de al lado, tendremos su apoyo para mejorar nosotros, de que unidos tal vez consigamos más. Porque ese 10% de mala leche se ha derramado sobre todos nosotros y huele fatal.