OPINIÓN

Hace tiempo que la crítica de arte no tiene muy buena fama. Realmente desde el tremendo batacazo con el impresionismo parece que no se ha repuesto. En el nacimiento del movimiento impresionista, y contado de forma rápida y simpe, la crítica del momento (es decir, los críticos del momento) denigraron a los nuevos artistas y apostaron por las tendencias más establecidas y clásicas. Apostaron por el equipo perdedor. El tiempo nos ha demostrado que hay que tener la mente más abierta, aunque tal vez no tanto como ahora, momento en el que parece que todo, todo, lo que se hace es divino y genial. Años después, con el expresionismo americano, la crítica toda (americana y europea) golpeó duramente a Rothko, Motherwell y compañía, como siempre sin entender nada y sin paciencia ninguna, con ese tono de sabérselo todo, pero al final nuevamente resulta que “la crítica” apostó a caballo perdedor. Como resultado la crítica posterior ha optado por enrocarse en si misma, mirar pero no juzgar, ni opinar ni arriesgarse. Todo es y no es al mismo tiempo. Ante el miedo de volver a cometer otro fallo garrafal, ante el miedo de disgustar a la autoridad competente, al artista, al museo, a la galería, al jefe, al amigo del jefe… Y los textos de los críticos oscilan entre la erudición escolástica, la miopía crónica y esa intención de decir mucho, o al menos algo, pero a base de citas, referencias, comparaciones,… el resultado suele ser un galimatías sólo apto para incondicionales.


El problema posiblemente sea que falta motivación, que nadie quiere ya al crítico, que ni tiene el carisma del curator ni el poder del gestor, ni el dinero del coleccionista, ni la importancia del artista, que en definitiva se sabe sin fuerza. Tendría la fuerza de crear opinión, de saber analizar y dirigir los gustos y las tendencias, pero desgraciadamente esa fuerza no mueve ni dinero ni prestigio, hoy por hoy. Y hoy todos quieren tener la tarjeta VIP que abre las puertas de todas las fiestas privadas, y esa la tienen otros, el crítico ya no es nadie. ¿De verdad no es, no somos, nadie?


La realidad es que es, ha sido, el propio crítico, a través de unos textos cada vez más oscurantistas, crípticos y vanos, quien se ha alejado del foco central que le iluminaba. Porque, la verdad, el crítico lo tenía todo: sabe escribir, conoce la historia del arte y el arte que se realiza hoy, viaja por el mundo para verlo todo, lee las revistas, está al día… ¿o no? En sus textos pocos se reflejan y cada vez se leen menos las críticas de arte, la mala fama reciente de que el crítico opina por dinero, que todo lo que se hace en centros y galerías importantes es bueno e interesante, mientras que a los que no son importantes ni los mira, que es un soldado de fortuna dispuesto a escribir para el mejor postor, todo eso, cierto en ocasiones y falso por principios, nos ha hecho mucho daño a una profesión dispersa, mal pagada y errante.


Aquellos críticos que se llevaban una obra a casa cada vez que escribían de una exposición (que los ha habido) nos han manchado a todos. Y aunque ahora esos usos hayan decaído bastante, nunca del todo, todos pagamos por los pecados de unos pocos. Pero el pecado que realmente cometemos casi todos es el de escribir para nosotros mismos. Con los textos de la crítica de arte se llena una biblioteca vacía. A nadie interesa y nadie los lee, excepción hecha del artista comentado, su galerista y si tiene novia, amigos, pero poco más. Sin embargo esos textos son los que inician una bibliografía del artista. Una crítica bien hecha, bien escrita, bien argumentada es un texto básico para la historia del arte., y más hoy en día, cuando tantos artistas nuevos aparecen, cuando la velocidad de la creación supera a la de la edición, es en la crítica hecha al día siguiente, donde podemos encontrar datos, información para crear una opinión, para acercarse a lo nuevo, para entender el arte que nos rodea.


La crítica de arte tal vez no sea necesaria pero sin duda la buena crítica de arte es imprescindible.


Pierre Leguillon. Non-Happening (after Ad Reinhardt), 2011