OPINIÓN

Sólo con la edad, con el paso del tiempo, somos conscientes de la importancia de la amistad. Más que la pasión, más que la solidaridad, más que nada, la amistad se llega a convertir en el auténtico soporte de nuestras vidas. Los amigos son, siempre, irrenunciables. Tal vez sea esta la razón de porqué los museos españoles, ahora que están los tiempos más difíciles que de costumbre, se acuerdan de lo importante que son los amigos y emprenden la tarea de reconquistarlos, de hacer nuevos amigos, de, en definitiva, intentar reunir a muchos de ellos, agruparlos como en una celebración, a su alrededor.


Amigos: amigo colaborador, amigo de familia, amigo institucional, amigo empresarial, amigo de honor… sólo falta el amigo invisible. El caso es que cada nivel de amistad conlleva un apoyo económico y un intercambio de servicios. En general, más información sobre las actividades del museo, entrada prioritaria a sus eventos, descuentos en la tienda del museo, en los catálogos… y, claro los amigos institucionales y los empresarios, esos amigos de honor, (los que verdaderamente importan, pues esta amistad es más que interesada) tienen que ser sobre todo benefactores, es decir, si los otros amigos más normales pagan treinta o sesenta euros al año, estos amigos de primera pueden llegar a pagar entre mil y seis mil euros al año. Claro que su logo se puede incluir en la papelería, contar con entradas gratuitas, recibir los catálogos gratis, en fin, un toma y daca olvidando, una vez más, que la amistad o es sincera o no es nada. Los sentimientos, de verdad, desde el corazón. Pero, claro, cómo vamos a querer a los museos en este país en el que nadie nos enseña a querer ni la cultura ni el arte.


Para ser amigos de El Prado o del Thyssen seguro que no habría problemas, incluso de los diversos museos Picasso… pero un museo de arte actual, y en crisis… ¿Quién quiere ser amigo de los perdedores? Para ser amigos de alguien tenemos que quererle, admirarle de alguna manera, nos tiene que apetecer vernos relacionados con él, tenemos que querer que nos acepten en su “facebook” de turno, que nos invite a su cumpleaños, salir en la foto con ellos. La amistad es como el amor, el inicio de un deseo que se canaliza platónicamente, para que no acabe mal. Pero los museos quieren poner precio a algo por lo que nadie paga. Por qué pagar, ni treinta ni seis mil euros, por algo que se nos tiene que dar gratis y de oficio. No se cobra por entrar en los museos, en casi ninguno. ¿Qué importa que nos regalen la entrada? ¿Quién quiere el catálogo con descuento si no pensamos comprarlo y mucho menos leerlo? Si al museo se va al restaurante o a la tienda, amigos ¿para qué?


Hay que empezar de nuevo y convertir al museo, no a su tienda ni a su bar, en un objeto de deseo. Tenemos que querer ir a ver sus exposiciones, estar en sus salas, pasear por sus espacios sin prisa, disfrutando, sin obligación. Y sobre todo, tiene que existir una ley de mecenazgo que haga que quien tiene dinero quiera darlo a los museos, como amigo, como benefactor, como donante, como lo que sea, porque no sólo va a conseguir el catálogo gratis y una felicitación en fin de año, sino desgravar impuestos, exenciones fiscales… razones en definitiva para ser amigos de verdad, para siempre.


Una ley de mecenazgo y la rebaja del IVA a las obras de arte, dos aspectos esenciales si realmente queremos ser europeos como todos los demás europeos, y sobre todo si queremos que nuestro arte actual sobreviva. Razones para que el dinero se gire para mirar la cultura actual no solo durante una feria, sino siempre. Una ley de mecenazgo que justifique que el apoyo institucional desaparezca porque deja paso a la iniciativa privada, que no es lo mismo que privatizar. Y con esa ley que cada cual se trabaje la amistad, el patrocinio y los apoyos a sus objetivos. Porque mientras no exista esa ley sólo nos quedará el amigo invisible.


Iamgen: Retrato de Laurel y Hardy