OPINIÓN

Las obras de arte, todas esas pinturas, dibujos, fotografías… todo ese mundo de objetos que a veces nos hace sentir las cosas más dispares y otras nos deja totalmente indiferentes, aunque pensando que hay algo que se nos escapa, tiene una vida oculta a nuestras miradas cuando las luces de los museos, de las salas de exposiciones se apagan. A oscuras, sólo con las luces de seguridad, ellas siguen existiendo lejos de ese público que supuestamente les justifica y da sentido. Seguramente se acuerden de todas esas otras obras, de todos esos objetos, que permanecen en almacenes, en cajas de seguridad, ocultos desde hace años y tal vez para siempre, ajenos a cualquier público: nadie los va a mirar con placer ni con sorpresa, nunca más van a centrar la atención de todo ese público que puede acudir a un museo, a una inauguración. Algunos sobreviven a ese silencio impresos en algún libro, en alguna revista, sólo disponibles para los ojos expertos de algunos pocos estudiosos, coleccionistas de imágenes, buscadores de tesoros extraños. Pero la mayoría viven como si estuvieran muertos; nadie los va a volver a mirar nunca más.


Es algo difícil de aceptar. Cada vez que preparas una exposición, te asalta la misma pregunta: ¿dónde van las obras de arte cuando no están expuestas? Cuando buscas alguna piezas de hace décadas, un trabajo que en su momento viste en una exposición, incluso tal vez llegaste a escribir sobre él, mientras otros preguntaban por su precio para comprarlo y tenerlo en casa, o en el fondo de un museo… y veinte años después, esa pieza, que una vez cerrada la muestra volvió a su caja, está hoy arrinconada en un almacén lejano, prestado al artista por unos amigos: “no tengo donde guardar tantas obras…. no se vende nada”.


A veces ni siquiera se pueden encontrar, se han perdido por culpa del propio artista o del galerista. ¿Qué fue del interés que despertaron en su momento? Si, con suerte, encuentras la pieza y la consigues colgar en una nueva exposición puedes comprobar que sí, que tenías razón, que es una pieza excelente, que ese grupo extraño de personas que componen lo que se viene a llamar público, vuelve a deleitarse frente a esa obra tantos años escondida, perdida. Compruebas con cierto orgullo que tu memoria no te ha jugado una mala pasada, que efectivamente estamos ante una pieza soberbia, extrañamente bella, ajena a modas y tiempos. Tal vez, casi con seguridad, una obra de arte. Y entonces te das cuenta que después de los meses que dura la exposición, esa pieza esplendida volverá a algún almacén prestado y que posiblemente ya nadie más la pida para otra exposición, nadie más la pueda ver nunca; se olvide, se destruya. Piensas que la memoria visual no es rigurosa, al menos no lo suficiente para que se mantenga viva en las retinas de los que la vean. Nadie se acordará de ella dentro de poco tiempo.


Todas esas obras de arte, objetos caprichosos, extraños, somnolientos, evocadores, misteriosos, crípticos, sorprendentes que llamamos obras de arte que alguna vez hemos visto, y muchos otros que nunca hemos visto y nunca veremos, desaparecen para siempre en el abismo del olvido. Cientos, miles de artistas, están, en todo el mundo, construyendo como penélopes salvajes obras que el tiempo deshace con sus babas de olvido y desinterés. La única razón de todo este esfuerzo es que alguien, en algún momento, de una forma fugaz, mire y vea. Como un rayo de luz nos saque violentamente de nuestra ceguera y descubramos, aunque no nos caigamos de ningún caballo, la importancia de la percepción, de la experiencia estética, el valor real de la obra de arte.


El mercado y sus protagonistas no saben nada de todo esto, por cierto.



Monserrat Soto. Sin título, objeto 3, serie Espacios del arte, 2006. Cortesía de la artista